Nunca me acuerdo cómo se llama la galería esa. Está frente a la galería España (en la que yo trabajo), cruzando por Estado hacia Ahumada. Ahí me la encontré, cuando escuché el tac-tac del bastón., le faltaba un metro y medio para salir de la galería pero dio con la pared. ‘¿Dónde va?’ le pregunté, porque me dio rabia que la gente la mirara y no la ayudara casi con miedo de disponerla a una humillación. ‘Voy a San Antonio’ me respondió segura, mientras buscaba mi cara con sus ojos ciegos. ‘La acompaño’, ‘gracias’ y se aferró a mi brazo. Ella sabía perfectamente que estaba saliendo a Estado y que al frente estaba la entrada a la Galería España.
Caminamos lento, mientras me respondía con naturalidad que era ciega desde los cuarenta años, por un desprendimiento de retina, y que andaba incómoda con ese bastón nuevo, porque ya se había acostumbrado al anterior (que se había roto). De fondo oí un tango, que tanto me gustan, y me acordé de mi padre, entonces le conté que él es ciego, casi-ciego, y nos entendimos mejor. ‘¿Usted trabaja por acá?’ me preguntó, ‘Si, justamente en esta galería’, ‘Ah, que bien, yo pido limosna un poco más allá’ y me mencionó el nombre de otra galería. ‘Cuando pase por ahí vaya a saludarme’ me dijo y nos dimos los nombres.
La dejé en la salida de San Antonio y la miré alejarse entre la gente. Me devolví al trabajo pensativa, sintiéndome incapaz de ver el mundo sin mis ojos, tonta. Mientras, por mi lado, pasaba un músico invidente caminando lento con su acordeón y yo me subía al ascensor al ritmo de ese tango. Me gustan mucho los tangos…






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