‘’Si yo pudiera escoger, sería una rana’’ dijo Lía cuando hablábamos de si el cielo, en su concepción divina, existía o no. Benjamín, su hermano mayor, había dicho hace un momento atrás que en el cielo uno mismo elegía cómo pasar su estadía celestial, entonces confesó que él pediría seguir siendo un niño de once años para siempre, fue ahí cuando Lía interrumpió con su designio, quería ser una rana, los tres adultos la miramos y nos reímos pero ella parecía muy convencida. Ante las risas aclaró que las ranas podían respirar dentro y fuera del agua y en su cara dibujó la maravilla que eso significaba. Los adultos una vez más nos miramos y reímos; “¿y por qué mejor no
quieres ser sirena?”, “Porque las sirenas no existen” contestó. Y los adultos nos reservamos cualquier comentario. Si, quizás el paraíso tampoco existe, pero más urgente que eso, me pareció pensar en que nuestro criterio ‘adulto’ estaba invadido por la peste cultural de querer ser bellos, no poder resignarnos a ser ranas, aún cuando sean reales, simples y puedan respirar bajo el gua.
¿Se dividirá entonces la concepción de la belleza en dos formas distintas; una que va arraigada a nuestra historia emocional y otra adherida a nuestra historia cultural? Yo creo que sí...






Los niños siempre enseñandonos y no queremos aprender
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ViejoNiñoCampesino