Fui madre a los siete años. También fui modelo y físico nuclear a los nueve. Si no me cree tiene que recordar nada más qué rol asumía usted cuando jugaba en su infancia. Yo le puedo contar, por ejemplo, que fui la heroína mística que montó la peor de las bestias salvajes, que a simple vista engañaba con su facha de perro humilde en mi patio.
Jugar a ser otra persona siempre me causó placer insistente. Pero cuando crecí ya no era tan fácil dedicarme a ser otra, la edad afecta el criterio y es por eso que tuve que refugiarme en el teatro para seguir siendo libre de jugar sin que me diera vergüenza que otros se rieran.
Hubo momentos en mi vida en que me costó mucho desconectarme de la realidad, y para ratificar esto quizás es necesario acotar que mi último amigo imaginario, Clemente Nada, se fue a mis diecisiete años. No convivíamos juntos necesariamente por mi infantilismo, sino más bien por la necesidad de compartir un mundo mágico que distaba bastante de la realidad de los cerros de Viña del Mar, la casa pobre, el colegio más malo y las drogas... Pero ya hablaré de eso otro día.
Porque de lo que realmente quería hablar es del Cine. Esa compuerta mágica que me pone en contacto con otro mundo, como si
estuviera jugando otra vez. Soy un comensal cinematográfico que se entrega cien por ciento a cada espectáculo de la pantalla grande. Vale decir que el film tiene que ser demasiado malo para que me ponga a pensar, en su transcurso, en qué estará pensando el actor cuando tenía que ser ese personaje o si estará lloviendo afuera.
El cine es, para mi, pasar por un pasadizo secreto y mirar a escondidas la vida de otros, siempre tuve un pequeño afán voyerista, en el más inocente de los sentidos. Es por eso que me gusta curiosear detrás de los actores de la pantalla, y fijarme en las repisas, los cajones y las fotos de las paredes. Sentir que estoy ahí y que ellos no lo saben me da un placer fantástico. Estoy ahí, pero no me pasará nada malo, escondida, pero tampoco puedo avisarle a nadie, por ejemplo, que el tesoro está bajo la escalera. Entonces comparto las emociones del personaje, temo, amo y río con ellos.
Cuando aparecen los créditos me quedo como en luto, las luces se encienden, la gente se para. A mi me gusta quedarme a oír qué escogió el director para que sobrellevemos el final, veo las letras, los nombres de los actores, oigo la música y voy cerrando mi ventana secreta, mi curiosidad, mi juego; generalmente un poco contrariada, molesta con la gente que se va al tiro y no guarda un minuto de silencio por la realidad que acaban de ver, que ya no existe, que nunca existió.
Caracola.







Soy Clemente Nada, ¿de verdad de acuerdas de mi nombre?, yo casi lo había olvidado, me había dejado llevar por la imaginación del adulto, esa que le hace tanto honor al apellido de mi padre, el ilustre don Manuel Nada.
Quiero decirte, en mi calidad de ex amigo imaginario, que leerte me hace ser un actor, rebuscaar en los cajones anejos de la infancia, y me hace sonreir mientras una lágrima se atraganta en el camino al mundo exterior. (solo porque piensa que es adulta).
Eres una excritora expectacular
Tu ex amigo imaginario
Clemente Nada
http://www.henriquez.cl